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(Ciber)ética vs tecnología



Ríos de tinta se han vertido sobre la difícil relación que tienen la ética y la tecnología en los tiempos que corren. Las tecnologías de la información están evolucionando a un ritmo vertiginoso, que incluso la generación del baby-boom en muchos casos no puede seguir. Se podría decir que los mayores beneficiados de esta carrera del silicio son los jóvenes, más concretamente los menores, que demuestran tener una enorme capacidad de asimilar nuevos conocimientos para su propio beneficio. El problema es que pocos adultos son capaces de guiar de la forma más segura y sensata de emplear estos medios.

En esta situación, los padres se encuentran indefensos. Son capaces de inculcar unos valores que poca relación guardan con la informática o las comunicaciones, generándose un vacío ético en donde el bien y el mal se relativizan en unos y ceros, se amplían las distancias y muchas veces se desconoce el alcance de las acciones. Por ejemplo, leo en la prensa que se ha expulsado a 19 alumnos de un IES asturiano, por el simple hecho de haber hecho fotos y colgado en redes sociales.

Tratando de ponerme en la piel de uno de los menores expulsados, rodeado de toda esa tecnología, la cuál manejo con cierta soltura, y sin terminar de entender las consecuencias últimas de llevar a cabo ciertas acciones, me imagino encontrarme en una situación de profunda indignación. Y es que, si mi móvil tiene una cámara capaz de capturar fotos y vídeo, ¿por qué no iba a compartir buenos momentos con la gente con la que paso la mayor parte del día?

Pero claro, no se tienen en cuenta ciertas reacciones asociadas a las acciones. Esto va más allá de buscar un castigo ejemplar, una forma de advertir al resto del alumnado que el hecho de hacer fotos en el centro está completamente prohibido. Cierto es que hay una mayor concentración de menores, a los que afortunadamente la ley les ampara en todas las ocasiones. Pero mientras ese alumno expulsado pueda pensar en la injusticia que se ha cometido, no se ha parado a pensar en los efectos colaterales de sus acciones: está publicando fotografías en redes sociales sin pedir permiso a la gente que aparece en ellas, desvelando en ocasiones su identidad. Todos sabemos que las redes sociales son una herramienta de doble filo en la que casi siempre el usuario menor de edad es el perjudicado, aunque no se dé cuenta de ello.

Yo me hago una pregunta. ¿El objetivo último de este castigo consistente en la expulsión de estos 19 menores era el de recalcar la prohibición, o existe una intención moral de advertir al menor de las consecuencias de tomarse la tecnología tan a la ligera? Yo me temo que se trata de lo primero, y es que los padres y los educadores, por desgracia para ellos, tienen inculcados unos valores éticos que no contemplan el último grito en móviles multimedia, ciñéndose al hecho de que hay que respectar unas normas y leyes para poder convivir en una sociedad. Obviamente, ambas se complementan.

Este tipo de temas se están tratando en multitud de iniciativas y proyectos que nacen a nivel europeo, en donde se busca dar solución a esta problemática. Sin embargo, veo que existe un problema: la falta de cohesión, la falta de un mensaje único, uniforme, adaptado a padres e hijos y que acabe cayendo por su propio peso en los valores morales de ambos. ¿Responsabilidad de los gobiernos, actualizándose y dándose prisa en endurecer las penas de aquellos que, siendo conscientes de lo que hacen, tengan malas intenciones en el mundo digital? ¿Responsabilidad de las compañías que desarrollan las redes sociales, poniendo especial interés en la seguridad de aquel segmento de mercado en el que los protagonistas son los jóvenes? ¿De los medios de comunicación, que en el 99% de las ocasiones mezclan peras con manzanas, amarillean y no logran transmitir el mensaje adecuado de la seguridad? ¿De los padres, quienes por cansancio, desinterés o falta de ganas de aprender, no se ponen al día en las tecnologías que explotan sus hijos? Creo que no hay un único responsable, es un problema que concierne a todos.

En un mundo cada vez más "digitalizado", es preciso incorporar toda una serie de valores, rompiendo una serie de barreras que de momento separan la identidad física del equivalente binario de un individuo. Es decir, no se trata de pensar en un mundo utópico en el que no se conciba hacer el mal con los ordenadores (en tanto en cuanto en muchas ocasiones se trata de un negocio), sino de tener bien claros los do's y dont's y que estemos a la altura de hacérselo entender a las generaciones posteriores, que nos tomarán el testigo del mismo modo que hicieron nuestros padres con nosotros.

Álvaro Ramón
S21sec labs

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